Dean Funes 1108 - Planta Alta - Córdoba
Tel. - Fax: 351 4240946 / Lunes a Viernes 9.30 a 17.30 Hs.
 
Institucional | Dpto. de Gestión Laboral | Dpto. de Pos grado | Dpto. de Comunicación | Gestiones Profesionales | Profesionales | Comunidad


Alimentos y sentidos 

“Hacía muchos años que, de Combray, todo lo que no fuera el teatro y el drama de la hora de acostarse ya no existía para mí, cuando un día de invierno, al volver a casa, mi madre, viendo que tenía frío, me propuso que tomase, contra mi costumbre, un poco de té. Primero me negué y, no sé por qué, luego cambié de opinión. Mandó entonces a buscar uno de esos bizcochos regordetes llamados pequeñas magdalenas, que parecen haber sido moldeados en las ranuras de la valva de una vieira. Y pronto, maquinalmente, abrumado por un día apagado y por la perspectiva de una mañana triste, me llevé a los labios una cucharita de té donde había puesto a ablandar un trozo de magdalena. Pero en el instante mismo en que el sorbo mezclado con pedacitos de bizcocho me tocó el paladar, me estremecí, atento a algo extraordinario que ocurría en mí. Un placer delicioso me había invadido, aislado, sin la noción de su causa. Había logrado que las vicisitudes de la vida me fueran indiferentes, sus desastres, inofensivos, su brevedad, ilusoria, de la misma manera que opera el amor, llenándome de una  esencia preciosa: o más bien, esa esencia no estaba en mí, sino que era yo mismo. Había dejado de sentirme mediocre, contigente, mortal. ¿De dónde podía haberme venido esta poderosa alegría?. Sentía que estaba ligada al gusto del té y del bizcocho, pero que los sobrepasaba infinitamente, que no podía ser de la misma naturaleza. ¿De dónde venía esa alegría? ¿Qué significaba? ¿Por dónde asirla? Bebí un segundo trago en que no hallé más que en el primero, y un tercero que me proporcionó menos que el segundo. Es tiempo de que me detenga, la virtud del brebaje parece disminuir. Está claro que la verdad que busco no está allí, sino en mí. La bebida la despertó pero no la conoce, y no puede más que repetir indefinidamente, cada vez con menos fuerza, ese mismo testimonio que no sé cómo interpretar y que quisiera, al menos, poder volver a pedirle y encontrar intacto, a mi disposición, de inmediato, para obtener una aclaración decisiva. Apoyo la taza y me vuelvo hacia mi propio espíritu. ¿Pero cómo?. Es una grave incertidumbre, cada vez que el espíritu se siente sobrepasado por sí mismo; cuando él, el investigador, es también el país oscuro donde debe buscar, allí donde todo su bagaje no le servirá de nada. ¿Buscar?, no solamente: crear. Está frente a algo que todavía no existe y que sólo él puede reconocer, y luego hacer entrar en una zona luminosa.

Y vuelvo a preguntarme que podría ser este estado desconocido, que no aportaba ninguna prueba lógica, sino por la evidencia de su felicidad, de su realidad ante la que las otras se desvanecían. Intentaré hacerlo reaparecer. Vuelvo al momento en que tomé la primera cucharadita de té. Y descubro el mismo estado, sin ninguna nueva claridad. Pido a mi espíritu un esfuerzo más, que me devuelva otra vez la sensación en fuga. Y para que nada rompa el impulso con el que intentará volver a obtenerla, aparto a todo obstáculo, toda idea extraña, protejo mis orejas y mi atención de los ruidos de la habitación vecina. Pero al sentir que mi mente se fatiga sin ningún éxito, lo fuerzo, por el contrario, a tomar esta distracción que le estaba negando, a pensar en otra cosa, a recomponerse antes de una tentativa suprema. Luego, una segunda vez, produzco un vacío ante él, y le pongo delante el sabor todavía reciente de este primer sorbo y siento que algo se estremece en mí, algo que se desplaza, que quisiera elevarse, algo que se hubiera desanclado en las profundidades; no sé lo que es, pero va subiendo lentamente; percibo la resistencia y escucho el rumor de las distancias atravesadas.

Ciertamente, eso que palpita en el fondo de mí debe ser la imagen, el recuerdo visual que, ligado a este sabor, intenta seguirlo hasta mí. Pero se debate demasiado lejos, demasiado confusamente, apenas si percibo el reflejo neutro donde se confunde el imperceptible torbellino de colores agitándose; pero no puedo distinguir la forma, pedirle, en tanto que único intérprete posible, que me traduzca el testimonio de su contemporáneo, de su inseparable compañero, el sabor, pedirle que me muestre de qué circunstancia particular, de qué época del pasado se trata.

¿Llegará hasta la superficie de mi clara conciencia este recuerdo, el instante antiguo al que la atracción de un instante idéntico ha llegado desde tan lejos para solicitar, conmover, despertar en el fondo de mí? No lo sé. Ahora ya no sé nada, se ha detenido, acaso haya vuelto a bajar; ¿quién sabe si regresará alguna vez de su noche? Diez veces me hace falta volver a comenzar, inclinarme en busca de él. Y cada vez la cobardía que nos aleja de toda tarea difícil, de toda obra de importancia, me aconsejaba abandonar la empresa, beber mi té pesando simplemente en mis problemas de hoy, en mis deseos de mañana que puedo rumiar sin trabajo.

Y de golpe aparece el recuerdo. Ese gusto del pequeño trozo de magdalena que los domingos por la mañana, en Combray (porque ese día no salía antes de la hora de ir a misa), cuando iba a darle los buenos días a su habitación, mi tía Leonie me ofrecía después de haber remojado su infusión de té o de tilo. Ver la pequeña magdalena no me había hecho recordar nada antes de haberla degustado; quizás porque, al haberla visto habitualmente desde entonces, sin comerla, sobre las bandejas de las pastelerías, su imagen había abandonado esos días de Combray para unirse a otros más recientes; quizá porque, de esos recuerdos abandonados hacía tanto tiempo en la memoria, no sobrevivía ninguno, todo se había disgregado; las formas – y también la de la pequeña conchilla de pastelería, tan generosamente sensual, bajo su plisado severo y devoto- habían quedado abolidas o adormecidas, habían perdido la fuerza de expansión que les hubiera permitido llegar a la conciencia. Pero cuando nada subsiste de un pasado lejano, después de la muerte de los seres, después de la destrucción de las cosas, más frágiles pero más vivaces, más inmateriales, más persistentes, más fieles, sólo el olor y el sabor continúan por más tiempo, como almas, recordando, esperando, aguardando, sobre las ruinas de todo el resto, llevando sin flaquear, sobre su gotita casi impalpable, el edificio inmenso del recuerdo.

Y tan pronto como reconocí el gusto del pedacito de magdalena remojado en el tilo que me daba mi tía (aunque no hubiera sabido todavía y haya logrado sólo mucho más tarde descubrir por qué este recuerdo me hacía tan feliz), de repente la vieja casa gris sobre la calle, donde estaba su habitación, se levantó como un decorado de teatro sobre el pequeño pabellón con vistas al jardín que habían construido en la parte trasera para mis padres (ese muro recortado, lo único que recordaba hasta ese momento); y junto con la casa apareció el pueblo, la plaza adonde me mandaban antes del almuerzo, las calles donde iba a hacer mis paseos de la mañana hasta la noche y en todo momento, los caminos que tomábamos si el tiempo era bueno. Y al igual que ese juego con el que se divierten los japoneses, remojando en un bol de porcelana lleno de agua pequeños trozos de papel hasta entonces indistintos que, apenas sumergidos, se estiran, se contornean, se colorean, se diferencian, se convierten en flores, en casas, en personajes consistentes y reconocibles, de la misma forma ahora todas las flores de nuestro jardín y las del parque del señor Swann, y los nenúfares del Vivonne, y los buenos habitantes del pueblo y sus pequeñas viviendas y la iglesia y todo Combray y sus alrededores, todo aquello que toma forma y solidez, ha salido, pueblos y jardines, de mi taza de té.-

Marcel Proust. ( 1871-1922) De mi taza de té (Por el camino de Swann). En: Escritos sobre la mesa. Literatura y comida.


 


Colegio de Nutricionistas de la Provincia de Córdoba
Dean Funes 1108 - Planta Alta - Córdoba // Tel. - Fax: 351 4240946 / Lunes a Viernes 9.30 a 17.30 Hs.
Mail: informes@colegionut.com.ar / Formulario de Contacto